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Posted on Sat, Feb. 18, 2006, El Nuevo
Herald
Porque es imposible olvidar
Recuerdo la
primera vez que vi el Memorial: un entero
cementerio lleno de cruces. Cada una de ellas
con el nombre de un cubano como yo. No lloré
porque a veces el horror paraliza el dolor.
Cuántas familias destruidas, cuánta sangre
derramada... Por fin alguien había plasmado el
sacrificio de todo un pueblo en un camposanto.
Por mi mente pasaron tantos relatos tristes.
Siempre he pensado que dentro de cada una de
nuestras familias hay una historia de dolor
infinito. La rastra de la muerte durante la
invasión de Bahía de Cochinos, el remolcador 13
de Marzo, los fusilados, los que se ahogaron en
el mar, los muertos durante el duro presidio
político, los cuatro jóvenes de Hermanos al
Rescate, los desaparecidos... Cada cruz un trozo
de la historia de un pueblo dispuesto a darlo
todo por un ideal.
Allí se camina despacio y en silencio. En
respeto a ellos y aquéllos que lloran. La triste
alegría de encontrar un nombre y poderle rendir
tributo. He visto a padres, esposas, hijos, a
muchos que nunca conocieron a sus progenitores,
tocar el nombre de su ser querido con fervor
religioso. La mayoría de los que caminan entre
esas cruces padecieron la extrema crueldad de
nunca saber dónde los enterraron. Ahora es la
ocasión de decirles adiós, de ponerles flores.
El memorial es uno de los actos más sagrados de
nuestro exilio. Tenemos una deuda de gratitud
con aquéllos que nos precedieron en esta lucha
larga y difícil. Cada año, en febrero, por unos
pocos días, nuestros muertos están presentes. Y
allí estarán otra vez las madres y las viudas,
los amigos y los exiliados, juntos todos, para
que el mundo sepa que nunca olvidaremos.
Alina Garrido
Miami
URL:
http://www.miami.com/mld/elnuevo/news/editorial/letters/13900515.htm
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